De ratones y hombres

Pablo Gómez

Pues no, hoy no vamos a hablar sobre esa película clásica de los años 90 basada en un libro del mismo nombre. Ni tampoco sobre cosas de informática. De lo que hoy vamos a hablar es de algo mucho más real y cotidiano: de esos “marditos roedores” que a veces se nos cuelan en el jardín o en cualquier rincón de nuestra casa (hasta en la cocina) dándonos más de un dolor de cabeza.

Con los ratones pasa como con la mayoría de los bichos que nos pueden rondar el jardín o la casa en general: que por Internet y en las tiendas nos venden un montón de aparatos y productos que en la inmensa mayoría de los casos, ¿sabéis para qué sirven? Para NADA. Bueno, para engordar la facturación de alguna empresa y para que se nos quede cara de bobos viendo al bichejo en cuestión que queremos espantar/eliminar… campando a sus anchas como si no hubiésemos hecho nada.

En mi caso os voy a contar mi experiencia y, también, mi solución al problema. Y no, no es comprarse un gato. Tengo una casa con un jardín bastante cuidado, y por eso cuando comencé a comprobar que con la llegada del invierno y la primavera comenzaban a aparecer agujeros –y hay que ver qué agujeros- por todo el terreno, mi primer pensamiento positivo fue “bueno, será algún animalillo, pobre…”.

Pues no, no era un animalillo. Eran roedores y de los grandes, y no de esos bonitos ratoncitos de campo que te apetece llevarte a casa como mascotas, no… Ratas, vamos. De esas que las ves y no sabes si al verte van a salir corriendo o van a ir a por ti; de esas que las ves de lejos y no sabes si son un gato o un descendiente de aquellos mamíferos que les comían los huevos a los dinosaurios, y si vas a tener que sacar la escoba o la escopeta. Porque eso es lo que pasa cuando tu casa está en un entorno periurbano: que los “animalillos” son animalotes y muchas veces de los que dan grima.

Al principio mi actitud fue negar el problema: ¿cómo va a haber ratas aquí? Pues las había. Viven en zonas oscuras y húmedas como alcantarillas y sistemas de drenaje de ciudades y poblaciones importantes, y habitualmente son nocturnas, pero cuando cogen confianza se atreven a salir también de día y además es increíble cómo pueden meterse por casi cualquier sitio. Cuando finalmente acepté la realidad, fue cuando empecé a buscar soluciones… Y aquí es cuando me topé con los famosos “repelentes de ultrasonidos“.

repelente de ultrasonidos para jardínPorque, ¿quién no ha sentido a veces la dulce tentación de hacer caso a esa voz tan amable de la teletienda que te asegura que tu problema con los bichos se va a solucionar con los ultrasonidos? Valen para todo –roedores, insectos, gatos y perros… sólo les falta inventar uno para repeler humanos incómodos- y los hay de todos los tamaños: desde los portátiles que caben en el bolsillo y con los que te aseguran que los mosquitos no se te van a acercar (sí lo confieso, yo hace tiempo caí y compré uno) hasta los que se conectan al enchufe o incluso abarcan toda la red eléctrica y crean un campo increíble que repele a… la gente inteligente. Que no señores, que no valen para nada. Internet está lleno de comentarios de gente que se ha comprado aparatos de estos de todos los modelos, marcas, formas y colores, y que han acabado cogiendo polvo en el trastero o de pisapapeles.

En mi caso, desoyendo mi voz interior que me decía “acuérdate de aquel repelente de mosquitos portátil que compraste hace años”, volví a caer en la trampa y vi la luz cuando me encontré en una tienda de bricolaje de una conocida marca francesa que empieza por Leroy un repelente de ultrasonidos solar –qué bien, ecológico- que aseguraban que plantándolo en tu jardín no permitiría que se acercase un roedor en varios metros a la redonda. Pues bien, el aparato estuvo cerca de dos años plantado como una seta en mi jardín, lanzando zumbidos regularmente cada 30 segundos; y tengo que reconocer que en todo ese tiempo, siguió zumbando sin parar… Eso sí, las ratas y demás bichos se siguieron acercando y haciendo sus agujeros y sus cosas al lado mismo del aparatito, que yo creo que más que repelerles incluso debía de llamarles la atención y si me apuráis hasta hacerles gracia.

Confirmada mi teoría de que los ultrasonidos son para comunicarse los murciélagos y los cetáceos, y punto pelota, y como los destrozos en mi jardín no sólo no paraban sino que iban a más, opté por una solución que nunca me ha gustado: el veneno. En mi caso opté por una solución menos drástica y cruel dentro de una opción que ya de por sí no es de mi estilo, y compré un veneno con efecto retardante que si no recuerdo mal hacía efecto pasados varios días –hasta una semana- y evitaba el espectáculo de encontrarte con el animal muerto en el sitio, ya que por su comportamiento los roedores al sentirse mal acudían a su escondrijo y allí morían, se supone que debido a que su sangre perdía la capacidad de coagularse.

hamster, un roedor con mucha ternuraEra una opción que nunca me gustó, porque además de matar implica contaminar el entorno y manejar un veneno con cuidado, y porque aunque se supone y te aseguran que este tipo de venenos están pensados para que atraigan a los roedores y repelan a animales domésticos –eso te aseguran- lo cierto es que nunca puedes estar 100% seguro, y menos si luego ese ratón o rata a su vez acaba en las fauces de otro animal. Así que cuando paquete y medio gastado después vi que el problema persistía, di por zanjado el asunto y dije adiós a los venenos.

Como tampoco quería usar cepos ni sistemas similares, me planteé otra cuestión que en realidad es la que siempre me planteo con estos temas: ¿qué puedo hacer no para matar al animal o para ahuyentarlo, sino para que ni siquiera entre? Y ahí fue cuando me puse a buscar remedios caseros hasta que encontré uno que, a día de hoy y desde hace más de dos años, es el que me ha solucionado definitivamente el problema.

En realidad, se trata de una combinación de dos remedios. Por un lado, uso pimienta de cayena, no molida sino picada en trozos grandes, que espolvoreo cada invierno y cada primavera en las zonas donde habitualmente solía encontrar signos de los roedores, bien fueran agujeros o restos de haber excavado, o bien fueran heces, y también por los posibles puntos de entrada. Con un bote de los que se puede comprar en el supermercado, que suelen traer unos 10-12 gramos, es suficiente para distribuir por una superficie de unos 70 metros cuadrados.

Además y como complemento a esto, empleo también salsa tabasco –la más fuerte que podáis encontrar, cuanto más picante mejor– que diluyo a razón de unos 75 mililitros de salsa en un rociador con casi 2 litros de agua ligeramente caliente; tras batir bien la mezcla, la pulverizo bien sobre todo el perímetro de la zona que quiero delimitar para que no entren los roedores, y de paso también sobre algunas zonas de paso o actividad sobre las que ya eché los trozos de cayena.

Esto es así porque las ratas, ratones y roedores en general tienen un sistema olfativo extremadamente sensible, así que el olor picante les afecta mucho y les ahuyenta. Empleando ambos métodos, tengo que decir que no he vuelto a tener problemas de presencia de roedores por mi jardín hasta la fecha. Además con este método no perjudicáis al medioambiente ni corréis riesgo de envenenar a otras especies, y no repeléis a animales como los gatos, que –lo digo por experiencia- hacen caso omiso del olor picante… y que siempre son un buen complemento en la lucha contra los roedores.

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